26 May, 2026
Destacadas Economía

Morosidad en alza: el costo invisible del endeudamiento familiar

Morosidad en alza: el costo invisible del endeudamiento familiar

En la Argentina actual, el crédito dejó de ser una herramienta para proyectar consumo o crecimiento y pasó a cumplir un rol mucho más básico: sostener el día a día. Sin embargo, ese “salvavidas” financiero comienza a mostrar grietas profundas. La morosidad en los hogares crece de manera sostenida y se convierte en una señal de alerta tanto para el sistema financiero como para la economía en general.

Los datos más recientes muestran que la irregularidad en los pagos de créditos personales viene en aumento desde hace más de un año. En enero de 2026, la morosidad alcanzó el 10,6% en el sistema financiero tradicional, el nivel más alto en más de dos décadas. Pero el panorama es aún más complejo fuera de los bancos: en las entidades no financieras, como fintech y tarjetas de crédito no bancarias, el incumplimiento supera el 27%.

Este fenómeno no es casual. Responde a una combinación de factores que vienen golpeando el bolsillo de las familias: ingresos que no logran recomponerse, tasas de interés elevadas y un contexto económico que obliga a recurrir al crédito para cubrir gastos básicos. En este escenario, el endeudamiento ya no es una elección, sino una necesidad.

Durante los últimos dos años, el crédito funcionó como un “puente” para sostener el consumo frente a la caída del poder adquisitivo. De hecho, se estima que alrededor del 60% de la población adulta tiene algún tipo de deuda, lo que equivale a más de 20 millones de personas. En muchos casos, los hogares acumulan compromisos financieros que representan hasta dos o tres veces sus ingresos mensuales.

Pero ese mecanismo empieza a agotarse. A medida que la inflación desacelera, las cuotas -muchas de ellas a tasa fija- dejan de “licuarse” y se vuelven más pesadas en términos reales. Es decir, lo que antes parecía manejable ahora se transforma en una carga difícil de sostener.

La situación es particularmente delicada en los sectores más vulnerables. Allí, el acceso al crédito se da principalmente a través de canales no bancarios, donde las tasas pueden ser significativamente más altas. Esta diferencia genera un sistema de “dos velocidades”: por un lado, quienes acceden a financiamiento más accesible y, por otro, quienes quedan atrapados en circuitos más costosos y riesgosos.

Los números reflejan esa desigualdad. En los préstamos de menor monto -generalmente utilizados para consumo cotidiano- la morosidad alcanza niveles mucho más altos que en los créditos grandes o con respaldo, como los hipotecarios. En otras palabras, quienes menos tienen son también quienes enfrentan mayores dificultades para cumplir con sus obligaciones.

Además, el problema no está tanto en los nuevos deudores, sino en quienes ya venían endeudados. La mayoría de los incumplimientos proviene de familias que, con el paso del tiempo, fueron perdiendo capacidad de pago. La combinación de ingresos deteriorados y compromisos acumulados termina generando un efecto dominó difícil de frenar.

A esto se suma el crecimiento de las fintech, que ampliaron el acceso al crédito pero también incrementaron la exposición al riesgo. Si bien estas plataformas ofrecen soluciones rápidas, muchas veces lo hacen a costos elevados, lo que agrava la situación de quienes ya están en una posición frágil.

El resultado es un sistema tensionado. Por un lado, el crédito permitió amortiguar el impacto de la crisis; por otro, ahora se convierte en un factor que limita la recuperación. Cada peso que se destina a pagar deudas es un peso menos para el consumo, lo que termina afectando a toda la economía.

De cara a 2026, el desafío es claro. Sin una mejora sostenida en los ingresos, la morosidad difícilmente retroceda. Y si bien algunos analistas consideran que lo peor podría haber pasado, los datos actuales muestran que la situación sigue siendo delicada.

La morosidad, en definitiva, no es solo un indicador financiero. Es el reflejo de una realidad más profunda: la dificultad de millones de familias para sostener su economía cotidiana en un contexto adverso. Entender este fenómeno es clave para pensar soluciones que no solo estabilicen el sistema, sino que también alivien la carga sobre los hogares.