La ciencia busca un maíz más resistente a las enfermedades
En el norte de la provincia de Buenos Aires, dentro de la región núcleo, el maíz sostiene un rol estratégico dentro del sistema productivo. Allí, donde cada campaña se define por la interacción entre clima, costos y sanidad, uno de los desafíos más persistentes continúa siendo el impacto de las enfermedades de la espiga, capaces de afectar el rendimiento, la calidad comercial y la inocuidad del grano.
En este contexto, un equipo del INTA Pergamino logró avances significativos al identificar genes y rutas metabólicas comunes que se activan cuando el cultivo enfrenta tres patógenos de alto impacto: Fusarium verticillioides, Fusarium graminearum y Ustilago maydis. Estas enfermedades causan podredumbres, alteran el llenado de la espiga y, en algunos casos, generan micotoxinas que pueden ingresar a la cadena alimentaria.
Una mirada integral a las defensas del cultivo
A diferencia de los estudios enfocados en un solo patógeno, esta investigación trabajó sobre el concepto de resistencia múltiple. Mediante un metaanálisis de datos transcriptómicos de alta calidad disponibles en bases públicas, los especialistas compararon cómo reacciona el maíz ante diferentes mecanismos de infección.
El objetivo fue detectar procesos biológicos y genes que se activan de forma común ante amenazas diversas. El resultado ofrece una visión integral del sistema defensivo del cereal y abre nuevas posibilidades para mejorar su comportamiento sanitario.
La investigación fue desarrollada en el marco de la tesis de maestría de Andrea Peñas Ballesteros (UNNOBA), bajo la dirección de Juliana Iglesias, especialista en genética vegetal del INTA, y del investigador de CONICET Agustín Baricalla.
Hotspots de resistencia y 400 genes candidatos
El análisis permitió avanzar sobre la complejidad del genoma del maíz, que cuenta con unos 32.000 genes distribuidos en 10 cromosomas y con un alto porcentaje de secuencias repetidas. Aun así, se identificaron regiones del genoma consideradas hotspots de resistencia, además de cerca de 400 genes candidatos asociados potencialmente a la respuesta frente a múltiples enfermedades.
Según Iglesias, estos genes ya comenzaron a evaluarse en estudios funcionales a campo, marcando el vínculo directo entre los resultados de laboratorio y las necesidades del sistema productivo.
Implicancias productivas y sanitarias
La investigación permitió diferenciar con claridad el comportamiento de genotipos resistentes y susceptibles. Mientras los primeros mostraron respuestas defensivas equilibradas que limitaron la infección sin comprometer funciones vitales, los susceptibles activaron defensas menos eficaces, generando un estrés metabólico que afectó su crecimiento y estabilidad.
En una región donde el maíz es clave para las rotaciones agrícolas y para la generación de ingresos, esta diferencia cobra relevancia. Las enfermedades de la espiga no solo reducen rindes, sino que también condicionan la calidad del grano y elevan riesgos por micotoxinas como fumonisinas o deoxinivalenol.
Un puente hacia el mejoramiento genético
Contar con información precisa sobre los genes involucrados en la defensa del cultivo abre la puerta para acelerar programas de mejoramiento, ya sea mediante selección asistida por marcadores moleculares o edición génica, herramientas que permiten reducir tiempos y costos en el desarrollo de nuevas variedades resistentes.
Para el norte bonaerense, donde cada decisión productiva se toma con márgenes ajustados, este avance científico aporta una señal clara: el futuro del maíz no solo estará determinado por las condiciones climáticas o el mercado, sino también por el conocimiento cada vez más profundo de su ADN y sus mecanismos de defensa.