13 September, 2026
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Cómo producir durante los próximos 30 años sin comprometer el suelo

Cómo producir durante los próximos 30 años sin comprometer el suelo

En el marco del Día de la Agricultura, celebrado el 8 de septiembre, una de las preguntas más importantes para el futuro del sector excede una campaña, un cultivo o una tecnología: ¿cómo producir durante las próximas décadas sin comprometer la capacidad del suelo para seguir produciendo?

El interrogante fue uno de los ejes planteados por Dwayne Beck, profesor emérito de la Universidad Estatal de Dakota del Sur y referente del campo experimental Dakota Lakes Research Farm, durante una jornada técnica dedicada al futuro de los sistemas productivos. Allí, Beck compartió su mirada junto con Nicolás Bronzovich, presidente del INTA, en un intercambio sobre la evolución de la siembra directa y los desafíos que enfrenta la agricultura.

Para el especialista, la próxima etapa no debería centrarse únicamente en incorporar nuevas tecnologías, sino en diseñar sistemas productivos que comprendan y aprovechen el funcionamiento de los ecosistemas naturales.La propuesta adquiere especial relevancia para la Argentina por las similitudes entre las praderas de Dakota del Sur y la región pampeana. Ambos territorios fueron originalmente grandes pastizales, presentan condiciones climáticas continentales y cuentan con suelos que históricamente sostuvieron una elevada productividad.

En esos ambientes, las plantas nativas desarrollaron sistemas radiculares profundos y diversos, capaces de capturar agua y nutrientes y mantener una intensa actividad biológica. La agricultura, en cambio, simplificó esos sistemas al concentrarse en un número reducido de cultivos y en períodos cada vez más acotados de crecimiento. Por eso, uno de los principales desafíos consiste en recuperar parte de esa diversidad y mantener los procesos biológicos activos durante la mayor parte del año.

De la siembra directa al diseño de sistemas

La siembra directa significó una transformación importante al eliminar la remoción permanente del suelo y favorecer la conservación de su estructura. Sin embargo, Beck sostiene que el desafío actual es avanzar desde una práctica puntual hacia una concepción integral del sistema productivo.

Las experiencias desarrolladas durante décadas en Dakota Lakes muestran el potencial de ese enfoque. En los campos experimentales se eliminaron las labranzas y se incorporaron rotaciones diversificadas con trigo de primavera e invierno, maíz, sorgo, girasol, canola y legumbres como arvejas, lentejas y garbanzos.

El objetivo no fue simplemente sumar cultivos, sino recuperar algunas de las funciones que cumplían los ecosistemas originales. La diversificación permitió aumentar la productividad, eliminar el barbecho y mejorar la infiltración del agua, reduciendo la necesidad de riego por aspersión. El principio es sencillo: un suelo cubierto y con raíces activas durante más tiempo puede capturar mejor el agua de las precipitaciones y almacenarla para los períodos de mayor demanda.Desde esta perspectiva, la agricultura debe gestionar cuatro procesos fundamentales. El primero es el agua, favoreciendo su ingreso al perfil del suelo, reduciendo el escurrimiento y la evaporación y aumentando la materia orgánica para mejorar la capacidad de retención.

El segundo es la energía solar. A través de la fotosíntesis, las plantas capturan energía que luego puede transformarse y almacenarse en forma de materia orgánica.

El tercero es el balance de nutrientes, ya que la extracción que realizan las cosechas debe compensarse mediante estrategias que permitan devolver nutrientes al sistema. De lo contrario, la pérdida progresiva de minerales puede deteriorar la productividad.

El cuarto proceso es la biología. Una mayor diversidad de organismos y de interacciones biológicas aporta estabilidad y resiliencia al sistema productivo.

La diversidad como herramienta de manejo

Desde este enfoque, problemas como las malezas, las enfermedades y determinadas plagas no deberían analizarse únicamente como fenómenos aislados que deben ser eliminados. Beck los relaciona con el nivel de diversidad y equilibrio existente dentro del sistema. Una estrategia agrícola basada en la diversidad de cultivos y en la actividad biológica puede contribuir, de acuerdo con esta mirada, a reducir la dependencia de intervenciones externas.

Las experiencias de largo plazo de Dakota Lakes constituyen uno de los ejemplos utilizados por el especialista. Según explicó, después de más de dos décadas sin aplicaciones de insecticidas de cobertura total en el campo experimental, el manejo de plagas se sostiene mediante el equilibrio entre organismos, predadores y hongos presentes en el ecosistema.

El planteo también alcanza a la compactación de los suelos. Para Beck, recurrir a herramientas de labranza cada vez que aparece un problema de infiltración puede significar atacar un síntoma sin resolver la causa.

La remoción altera la estructura y la estabilidad de los poros del suelo y puede generar una posterior compactación cuando el terreno vuelve a ser transitado. Desde su perspectiva, la solución no está en intervenir mecánicamente de manera recurrente, sino en diseñar sistemas que reduzcan las condiciones que generan el problema.

El suelo como punto de partida

La propuesta invita a cambiar la pregunta. En lugar de pensar solamente qué tecnología incorporar para resolver una dificultad productiva, plantea analizar cómo funciona el sistema en su conjunto. Eso implica considerar de manera simultánea el agua, las raíces, los nutrientes, la materia orgánica, la biología, las rotaciones y la actividad económica que sostiene a cada establecimiento.

La comparación entre Dakota del Sur y la región pampeana permite dimensionar el desafío. Ambas zonas se encuentran entre los grandes territorios agrícolas del mundo y conservan un enorme potencial productivo. Pero ese potencial también implica una responsabilidad: sostener la capacidad de los suelos para producir en el largo plazo.

Beck también planteó la necesidad de avanzar en la transformación local de los productos agrícolas. La exportación de granos implica la salida de nutrientes del sistema, por lo que una mayor integración con actividades como la ganadería y la producción láctea podría contribuir a generar circuitos que permitan recuperar parte de esos nutrientes y fortalecer los sistemas productivos.

Ciencia y producción, una alianza necesaria

La construcción de una agricultura capaz de sostenerse durante las próximas décadas requiere integrar conocimientos provenientes de distintos ámbitos. Las instituciones públicas de investigación y las universidades aportan conocimiento científico y desarrollos tecnológicos específicos, desde el mejoramiento genético hasta el estudio de los procesos que ocurren en el suelo.

Los productores y los centros experimentales, por su parte, aportan experiencia acumulada en el manejo de sistemas completos, continuidad de los ensayos y una mirada vinculada con la realidad económica de cada establecimiento.

La combinación de ambos enfoques permite pasar de una innovación entendida como una tecnología aislada a una concepción más amplia: diseñar sistemas productivos capaces de utilizar mejor los recursos, adaptarse a los cambios y conservar su productividad.A tres décadas de la consolidación de la siembra directa, el próximo desafío no consiste solamente en producir más, sino en construir una agricultura que pueda seguir produciendo dentro de 30 años.

Para lograrlo, la propuesta es aprender de los ecosistemas que existían antes de la agricultura: mantener el suelo cubierto, aumentar la diversidad, favorecer las raíces y la vida del suelo, utilizar mejor el agua y equilibrar la extracción y reposición de nutrientes.

En definitiva, se trata de avanzar hacia una agricultura que, más que luchar contra la naturaleza, busque trabajar con sus procesos para sostener la productividad y la capacidad de los suelos a lo largo del tiempo.