24 February, 2026
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Del consultorio al campo: la historia del pediatra que convirtió un suelo salino de La Banda en un emporio de alcaparras

Del consultorio al campo: la historia del pediatra que convirtió un suelo salino de La Banda en un emporio de alcaparras

“Mi mujer me permite tener dos amores: los niños y las alcaparras”, dice entre risas Ángel Rico, un pediatra tucumano de 72 años que cambió el estetoscopio por el cultivo de un fruto poco común en el país. Desde 1992, su nombre está ligado a Alcaparras Argentinas, una firma nacida en La Banda, al norte de Santiago del Estero, que hoy dirige su hijo Pablo Rico, y que se ha convertido en un símbolo de innovación y resiliencia productiva.

La historia comenzó con un desafío. A principios de los años 90, el matrimonio de médicos recibió como herencia un campo de 45 hectáreas castigado por el monocultivo del algodón. “Todos nos decían que lo vendiéramos”, recuerda Ángel. Pero su espíritu inquieto lo llevó a investigar alternativas y a descubrir en una pequeña nota periodística las virtudes de la alcaparra: una planta resistente, adaptable y, sobre todo, con un enorme potencial comercial.

Sin saber nada del tema, logró importar apenas 400 gramos de semillas —de las variedades Tondino y Espinosa— y con ayuda de especialistas universitarios germinó 300 plantas. Así nació el proyecto que, con los años, se convertiría en la primera empresa argentina dedicada a la producción integral de alcaparras.

Ángel habla de su cultivo con la misma pasión con la que solía hablar de sus pacientes. “Las alcaparras no solo se usan en el vitel toné”, cuenta con entusiasmo. “También se pueden aprovechar las hojas, que encurtidas son deliciosas, e incluso se utilizan en cosmética: tienen propiedades antioxidantes, regenerativas y antiinflamatorias.”

La segunda generación del fruto

Su hijo Pablo, licenciado en Comercio Exterior, tomó las riendas del negocio en 2008 con una visión más tecnológica. “Profesionalizamos la empresa, desarrollamos un laboratorio de clonación in vitro y avanzamos hacia la biotecnología vegetal”, explica.

Pero en 2019 un tornado arrasó con todo: el laboratorio, la sala de envasado y los invernaderos. “Fue devastador, pero no nos rendimos”, recuerda. “Volvimos a empezar desde cero y hoy contamos con un laboratorio moderno, equipado y sostenible.”

El resultado de ese trabajo fue histórico: tras doce años de investigación, desarrollaron la variedad AR1 (Alta Resistencia Uno), una planta patentada en el INASE, única en el mundo por su alta productividad, resistencia al estrés hídrico y ausencia de espinas. Esta innovación posicionó a Alcaparras Argentinas en el mapa global de los cultivos no tradicionales.

Actualmente, la empresa emplea a 23 familias santiagueñas y exporta su genética a India, República Dominicana, Perú, México, Sudáfrica, España, Chile y otros destinos. Además, planean expandirse a San Juan para abastecer la creciente demanda de Estados Unidos y Europa.

Una planta adulta puede producir entre 10 y 15 kilos por temporada, con rendimientos de hasta 25 toneladas por hectárea. “Es un cultivo intensivo, rentable y adaptable”, explica Pablo. “Y lo mejor es que no necesita maquinaria especial ni grandes superficies.”

Un fruto con alma argentina

Hoy, Ángel disfruta su jubilación entre consultas ocasionales y visitas al campo. Observa con orgullo cómo las alcaparras que alguna vez germinaron por curiosidad son ahora parte de la identidad productiva de Santiago del Estero.

“Lo nuestro fue fe, ciencia y mucho trabajo”, resume. Y quizás, mientras alguien en algún restaurante saborea una alcaparra encurtida, sin saberlo, está probando el fruto del sueño de un pediatra que se atrevió a reinventarse.

Fuente: Agrofy News